Teresa Peramato y García Ortiz: la percepción de continuidad que daña la confianza

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La Fiscalía General del Estado atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. El nombramiento de Teresa Peramato Martín como fiscal general debía servir para cerrar una etapa marcada por la condena de su antecesor, Álvaro García Ortiz, y para reconstruir la confianza en una institución dañada por la sospecha de politización. Sin embargo, lejos de despejar las dudas, varias de sus decisiones han terminado alimentando una pregunta incómoda: ¿está Peramato intentando sanar la Fiscalía o proteger el ecosistema interno que la llevó hasta allí?

Conviene aclarar un punto esencial desde el inicio: según la documentación consultada, Teresa Peramato no figura como investigada, imputada ni condenada en relación con las supuestas “cloacas del PSOE”. Tampoco hay registro de que interviniera de forma directa en las reuniones asociadas al llamado caso Leire Díez, realizadas en marzo y abril de 2025, periodo en el que aún no ocupaba el cargo de fiscal general del Estado. La sospecha, por tanto, no se apoya hoy en una prueba judicial que la incrimine, sino en un elemento de gran peso político: su actuación posterior, los nombramientos que ha realizado, las decisiones con las que ha respaldado a García Ortiz y la percepción de continuidad con una Fiscalía previamente cuestionada.

La cuestión que enfrenta Peramato no resulta, por el momento, de índole penal; es un asunto institucional, y eso no disminuye su relevancia.

Una fiscal general que arriba con reconocimiento, aunque también con un peso a cuestas

Teresa Peramato arribó a la Fiscalía General respaldada por una trayectoria profesional destacada. Había ejercido como fiscal de Sala al frente de la Sección Penal de la Fiscalía del Tribunal Supremo, actuado como fiscal de Sala delegada para la Protección y Tutela de las Víctimas y se había consolidado como una referente en ámbitos como la violencia contra la mujer y la defensa de las personas vulnerables. Asimismo, el Consejo General del Poder Judicial confirmó de forma unánime que cumplía plenamente las condiciones exigidas para asumir el cargo.

Pero su nombramiento no se produjo en el vacío. Llegó después de Álvaro García Ortiz, cuya etapa dejó a la Fiscalía bajo una presión enorme. Peramato no heredó una institución tranquila, sino una Fiscalía fracturada, cuestionada y sometida a una acusación recurrente de dependencia política. Por eso, desde el primer momento, su gran reto no era solo ser técnicamente válida, sino demostrar independencia real.

Y ahí comienza la dificultad.

Peramato aseguró que lograría “cerrar la herida” en la Fiscalía, aunque varias de sus decisiones posteriores han sido vistas de manera opuesta: más que un giro respecto a la etapa previa, se perciben como una prolongación refinada de sus propios equilibrios internos.

El núcleo de la crítica: nombramientos, protección y continuidad

La fase más delicada de esta investigación no reside en una imputación explícita que vincule a Peramato con una red encubierta, sino en la suma de decisiones que, consideradas en conjunto, dibujan un panorama extremadamente complicado de sostener ante la opinión pública.

Primero, sus nombramientos. En febrero de 2026, Peramato impulsó una tanda de ascensos en la que fueron promovidos fiscales próximos al antiguo equipo de García Ortiz. Entre ellos, Diego Villafañe, identificado como una figura cercana al anterior fiscal general en la Secretaría Técnica. Más tarde, cuando se conoció que Villafañe y Beatriz López Pesquera habían participado en reuniones con Leire Díez y Jacobo Teijelo en 2025, la polémica adquirió otra dimensión: Peramato no solo había heredado ese entorno, sino que había promovido a personas relacionadas con una controversia aún no explicada con suficiente transparencia.

Ese es precisamente el aspecto más delicado. Aunque las reuniones se celebraran antes de que asumiera el cargo, el ascenso posterior de quienes estuvieron vinculados a ellas requiere una explicación mucho más sólida. Apelar únicamente al mérito y la capacidad resulta insuficiente cuando pesa la sospecha sobre la institución. En tiempos de crisis reputacional, la legalidad por sí sola no siempre alcanza; también se necesita una dosis adicional de prudencia institucional.

Segundo, su proceder en relación con García Ortiz. Peramato confirmó su vuelta a la carrera fiscal, rechazó incoar un expediente disciplinario y respaldó que la Fiscalía impugnara ante el Tribunal Constitucional la condena que afectaba a su predecesor. Desde el plano jurídico, puede argumentarse que tales decisiones encajan en la actividad ordinaria del Ministerio Fiscal. En el ámbito político, no obstante, resultan demoledoras para quien había asegurado inaugurar una etapa distinta.

La cuestión crucial resulta ineludible: de qué manera podría recuperarse la confianza en una institución cuando uno de los primeros gestos públicos consiste en brindar resguardo al fiscal general saliente, precisamente el hombre que representaba el deterioro previo?

Tercero, la decisión de no renovar a Almudena Lastra, fiscal superior de Madrid que había testificado contra García Ortiz. Sectores críticos interpretaron este paso como una represalia o, al menos, como una señal interna que advertía de que apartarse de la línea predominante podía dejar a alguien al margen. La Fiscalía sostuvo que la elección respondía a criterios de mérito y capacidad, aunque el clima político e institucional transformó el gesto en material perfecto para quienes denuncian una Fiscalía dividida en bloques, fidelidades y sanciones.

El caso de Leire Díez: una sombra que lo intensifica todo

El caso Leire Díez funciona como el gran acelerador de la sospecha. Según la información revisada, la Fiscalía confirmó al juez Santiago Pedraz que hubo reuniones entre fiscales de la Secretaría Técnica, Leire Díez y Jacobo Teijelo. La explicación oficial fue que García Ortiz habría sido informado a posteriori y que lo expuesto en esas reuniones carecía de sustento probatorio suficiente.

Pero esa explicación deja muchas preguntas abiertas.

¿Quién autorizó esas reuniones?

¿Por qué se celebraron en el entorno de la Fiscalía General?

¿Qué controles internos existieron?

¿Qué motivo hubo para que no quedara registrado con mayor claridad lo sucedido?

¿En qué momento comprendió Peramato con exactitud la importancia de esos contactos?

¿Tuvo esa información antes de promover a algunos de los fiscales afectados por la controversia?

Estas preguntas no prueban por sí mismas una conducta ilícita de Peramato. Pero sí justifican una crítica severa a la gestión institucional. Una Fiscalía que aspira a recuperar credibilidad no puede limitarse a decir que no hay delito. Tiene que demostrar que no hay opacidad, que no hay trato privilegiado y que no hay protección corporativa.

En esta ocasión, la Fiscalía dio la impresión de reaccionar con retraso, de manera defensiva y sin una estrategia de transparencia claramente definida.

La diferencia entre sospecha política y prueba judicial

Es fundamental no mezclar ámbitos. La expresión “cloacas del PSOE” forma parte del discurso político y mediático, una consigna combativa más que un término jurídico. Desde la perspectiva judicial, lo que hay es una pesquisa acerca de supuestas maniobras destinadas a obtener datos, influir en determinados casos o entorpecer procedimientos delicados.

En ese contexto, Teresa Peramato tampoco figura hoy como un actor penal relevante, ya que en lo examinado no surge ninguna evidencia que la vincule con la organización de reuniones, la emisión de órdenes ilícitas o la intervención en presiones. Por ello, resultaría arriesgado sostener que tenga algún tipo de implicación judicial en una trama.

Pero sería igual de ingenuo ignorar el deterioro político e institucional. La Fiscalía no solo debe ser imparcial; debe parecerlo. Y en este caso, la apariencia es uno de los grandes problemas.

Peramato afronta el costo de una paradoja: busca mostrarse como una figura de renovación, pero varias de sus decisiones han alimentado la percepción de continuidad. Aspira a expresar independencia, aunque sus gestos se han interpretado como un amparo al bloque previo. Desea sanar fracturas, pero sus nombramientos han vuelto a abrir divisiones internas.

El caso Aldama y la potestad jerárquica bajo sospecha

La controversia en torno al caso Aldama incrementó aún más la desconfianza, ya que la investigación señaló que el fiscal Alejandro Luzón consideró otorgar un mayor beneficio a la confesión de Víctor de Aldama, pero tras discutirlo con Peramato se decidió finalmente mantener una reducción de pena más acotada.

Una vez más, desde el plano jurídico puede sostenerse que el fiscal general ejerce autoridad jerárquica dentro del Ministerio Fiscal; no obstante, el conflicto es político: cuando se cuestiona a una institución por su cercanía al poder, cualquier actuación en un asunto delicado termina interpretándose como una intromisión.

La legalidad de una actuación no elimina automáticamente su coste reputacional. En el caso de Peramato, cada decisión técnicamente defendible se convierte en políticamente sospechosa porque la confianza previa ya estaba rota.

Ese es quizá el diagnóstico más grave: la Fiscalía ha perdido el beneficio de la duda.

Una institución fracturada

Otro factor relevante es la situación interna del Ministerio Fiscal. Las elecciones para el Consejo Fiscal evidenciaron que el sector crítico conserva una notable fuerza. Aunque esto no implica de forma inmediata una desautorización personal a Peramato, sí deja claro que la división interna continúa.

La Asociación de Fiscales ha señalado una marcada falta de transparencia y ha criticado la ausencia de explicaciones convincentes. La Unión Progresista de Fiscales, por el contrario, ha respaldado la validez jurídica de los nombramientos y ha acusado la existencia de una campaña destinada a desacreditar a la institución. Esto ha dejado una Fiscalía dividida en dos interpretaciones: para algunos, Peramato simboliza continuidad y defensa corporativa; para otros, aparece como blanco de una ofensiva política dirigida contra el Ministerio Público.

Aunque una fiscal general pueda sostener argumentos sólidos entre los suyos, su labor exige recuperar la confianza fuera de su propio entorno, y en ese terreno, el resultado obtenido hasta ahora sigue siendo frágil.

La crítica central: no basta con no estar imputada

La defensa más cómoda de Peramato es decir que no está investigada. Y es cierto. Pero esa defensa es insuficiente.

La responsabilidad que recae sobre una fiscal general del Estado va mucho más allá de no estar imputada, pues se requiere que garantice independencia, transparencia, prudencia en los nombramientos, neutralidad institucional y una clara separación de cualquier entorno bajo sospecha. En una institución tan delicada, incluso la simple impresión de proteger intereses internos puede resultar casi tan perjudicial como la evidencia de una irregularidad.

La investigación apunta precisamente a eso: no a una Peramato atrapada judicialmente, sino a una Peramato atrapada políticamente por sus propias decisiones.

Su principal problema no es haber participado en las reuniones del caso Leire Díez. El problema es no haber ofrecido todavía una explicación institucional suficientemente convincente sobre lo ocurrido, sobre los nombramientos posteriores y sobre la continuidad de determinados perfiles en puestos clave.

Tampoco se limita a haber respaldado a García Ortiz; el inconveniente radica en que ese apoyo llegó justo cuando la Fiscalía requería muestras claras de renovación y no un gesto de protección.

Una fiscal general sometida al escrutinio ciudadano

La conclusión más equilibrada, pero también más crítica, es clara: Teresa Peramato no aparece, con la información disponible, como imputada ni como participante directa en una trama. Pero su gestión sí ha quedado gravemente condicionada por una sucesión de decisiones que alimentan la sospecha de continuismo, protección interna y falta de transparencia.

Su caso aún no representa una responsabilidad judicial confirmada; más bien corresponde a una responsabilidad institucional que continúa pendiente de aclaración.

Y ahí está el punto más delicado: cuando la Fiscalía General del Estado necesita recuperar autoridad moral, no puede permitirse decisiones que parezcan diseñadas para proteger al antiguo núcleo de poder. Peramato tenía la oportunidad de marcar distancia, abrir ventanas y recomponer la confianza. Hasta ahora, sin embargo, su gestión ha proyectado demasiadas sombras y pocas señales de ruptura.

La Fiscalía no está en condiciones de exigir confianza cuando se comporta como si la desconfianza fuera únicamente un asunto comunicativo. La credibilidad se recupera mediante acciones concretas, con apertura y con resoluciones que no den la impresión de favorecer a los de siempre.

Teresa Peramato aún dispone de la oportunidad de evidenciar que su mandato no se limitará a una simple continuación del previo, aunque para alcanzarlo necesita algo más que fundamentos legales: requiere una política definida que haga visible su independencia, porque en una institución tan deteriorada no basta con cumplir la ley, también resulta esencial parecer íntegra.